No habrá sino ausencias

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El pasado es imborrable, lo llevamos a cuestas. Podremos distanciarnos, hacer de cuenta que nada
ocurrió, pero sus marcas siempre se asomarán en el tiempo para recordarnos quiénes somos.
“Cuando Inés está por salir de su departamento de la calle Huthmacherstrasse, descubre un sobre
pasado por debajo de la puerta. ¿Quién podía escribirle? Los tíos que alguna vez vivieron en México ya
no están, sus amigas de la infancia, las pocas que conserva, jamás se comunicarían por carta, menos
escribirían a tinta. No se asusta, todavía el temor es una sensación que tiene sepultada. Fueron muchos
años trabajando en el olvido de modo que, en ese instante, al agacharse, no teme. Sí duda. No es, todavía,
el sobre lo que la inquieta (ya nadie escribe cartas), sino el hecho de que va dirigido a ella bajo otro
nombre, uno que hacía tiempo nadie la llamaba. Desde que tiene memoria es Inés Latorre, no Julia
Lafuente.”
A través de la presencia de aquella carta misteriosa, la novela tiende un puente entre la realidad y
la ficción para narrar los efectos de la dictadura, el exilio forzado, la verdad no terminada de decir, la
muerte y el duelo. ¿Es posible el arrepentimiento luego de la violencia?, ¿cuántas expresiones hay para la
orfandad?, ¿acaso el olvido es el único antídoto para el dolor?
En No habrá sino ausencias, Agustina Caride explora las distintas formas de sobrevivir y transitar
una pérdida. Un juego de duplicidades entre narradora y personaje, en el que la realidad (de una) queda al
margen de la ficción (de la otra). Dos identidades femeninas que intentan reconstruir los fragmentos del
pasado y así poder sanar su presente. El drama de Inés es el consuelo de Clara. La escritura será la llave